Sobre el Infierno circulan muchas creencias equivocadas, y no sólo con respecto a su puerta de entrada, también sobre su uso y su naturaleza. Hay que decir que desde los tiempos de Ábigor I hasta nuestros días, el lugar ha cambiado un poco. Ya no es sólo el club donde se divierten los amiguitos del jefe, sino que desempeña importantes funciones militares y administrativas (Ábigor II era un pragmático, además de un enamorado de la vida castrense). Hoy día, en el Infierno se encuentran los campos de entrenamiento de las hordas demoníacas, cada una de ellas comandada por un capitán y formada por mil diablos. Cuando yo trabajé aquí, había más de seis millones de ellas. Imagino que ahora su número será aún mayor. Pero hay otra utilidad aún más importante que es lo que convierte la antesala del Infierno en un lugar realmente transitado y del todo insoportable: la administrativa. Enseguida llegará el momento de referirme a eso, pues no hay modo de eludirlo si penetras en el Inframundo, que es exactamente lo que vamos a hacer.
Pero volvamos por un momento a donde estábamos. Yo yacía, blando y despatarrado, entre los rosales recién florecidos de la antigua mansión de la familia Albás. Miraba el firmamento estrellado y me dejaba llevar por un letargo que algo tenía de embriaguez amorosa y algo de desdicha existencial. Pensaba en mis cosas, que no atravesaban precisamente por un buen momento, meditaba acerca de la muerte casi segura que me esperaba allá abajo, en los dominios de Ábigor, y recordaba a Natalia, del modo atontado e impropio de mí que ya conoces, lector. Podríamos decir, aunque resulte chocante, que me hallaba en una nube. La misma de la que vino a rescatarme ese pedazo apestoso y parlanchín de la realidad llamado Kul, a la sazón mi ayudante en la más alta misión que jamás se me haya encomendado.
—¿No deberíamos ponernos en marcha, gran Eblus?
Una rápida observación del cielo me permitió saber que eran poco más de las cinco de la mañana. En otras etapas de mi vida, a esas horas solía llevar ya un buen rato trabajando, pero en aquellas menguadas condiciones había descubierto una flojedad inédita en mí: la pereza. Habría dado cualquier cosa por deshacerme del genio de las alturas y seguir mirando el cielo hasta el penúltimo día del universo.
—¡Vamos, poderoso djinn, iza tus huesos! ¡Tenemos trabajo! —gritó Kul.
viernes, 7 de mayo de 2010
jueves, 6 de mayo de 2010
miércoles, 5 de mayo de 2010
LOS INMORTALES IV
Más escritores y editores reflexionan sobre la inmortalidad.
¿Y tú, qué harías si -como Eblus- fueras inmortal?
"Me arriesgaría a realizar actividades que ahora me dan miedo: deportes de riesgo, viajes a países donde las minas, las enfermedades, las guerras o la violencia son una realidad. Y aprendería idiomas, todos los idiomas del mundo".
Espido Freire
"Creo que me divertiría más ser invisible que eterno. Tengo la sensación de que la inmortalidad me aislaría y me volvería un poco huraño, mientras que ser invisible me permitiría satisfacer mi curiosidad y ser gamberro. Ser inmortal es jugar con ventaja, no me gusta."
Óscar Esquivias
"Supongo que leer todos los libros que en el mundo han sido y serán, por fin, en cualquier orden".
Vicente Luis Mora
"Terminaría, quizá, escondiéndome de la gente. Huyendo del dolor de tener que despedir a los seres queridos. Recluido a ser posible en un cabaña apartada del mundo. Con tiempo por fin para leer todos los libros que tengo pendientes y viviendo tranquilamente mi soledad hasta el fin de la eternidad. Por otra parte, tendría que aprender a cultivar la tierra porque no creo que me pagaran la pensión de jubilación durante tanto tiempo ¿no?"
Miguel Sanfeliu
"Yo no quiero ser inmortal y no sé lo que haría pero sí lo que no haría: No tendría hijos porque no soportaría sobrevivirles".
Ángeles Escudero
"¿Sería inmortal yo sola o disfrutaría junto con otros de la inmortalidad? ¿Y en qué punto de la vida me detendría? ¿Seguiría envejeciendo o me mantendría igual? Si no conozco la respuesta a esos interrogantes no puedo imaginar qué demonios haría."
Mercedes Abad
"En vista de mi incurable materialismo, del lamentable estado en que están dejando la seguridad social y recordando los problemas del fantasma de Canterville con las cadenas, yo me haría un buen seguro médico que me resolviera todos los achaques que el cuerpo acumula con la inmortalidad: pudrición de la dentadura, piorreas varias, hemorroides, seborrea capilar, uñas clavadas en los dedos de los pies, flebitis, problemas articulatorios, lunares malignos, eritemas, varices, insomnio, cefaleas, lumbagos, ardor de estómago, regugitaciones biliares, lagunas en la memoria, halitosis, cataratas ... O contratar a un asesino a sueldo para acabar con el martirio, ¿no?"
Marta Sanz
"Después de haber aprendido a pintar, tocar algún instrumento, hacer calceta... Después de haberlo aprendido todo, probado todo tipo de vicios y haberme dado a la buena vida, entonces... Entonces haría todo lo posible por volver a ser mortal. Buscaría la muerte para dar sentido a mi vida."
Susana Vallejo
"La verdad es que la posibilidad de ser inmortal supondría una putada, casi tan grande como que existiera el más allá. Menudo aburrimiento…
Yo me volvería malo malísimo. Seguro. Cuando uno sobrevive a su tiempo, a su entorno (¡¡a sus hijos…!!) sin poder hacer nada por evitarlo debe volverse un demonio. Entonces ¿los demonios son inmortales, o los inmortales son demonios?"
Roberto Aliaga
"Viviría para siempre"
Iolanda Batallé
¿Y tú, qué harías si -como Eblus- fueras inmortal?
"Me arriesgaría a realizar actividades que ahora me dan miedo: deportes de riesgo, viajes a países donde las minas, las enfermedades, las guerras o la violencia son una realidad. Y aprendería idiomas, todos los idiomas del mundo".
Espido Freire
"Creo que me divertiría más ser invisible que eterno. Tengo la sensación de que la inmortalidad me aislaría y me volvería un poco huraño, mientras que ser invisible me permitiría satisfacer mi curiosidad y ser gamberro. Ser inmortal es jugar con ventaja, no me gusta."
Óscar Esquivias
"Supongo que leer todos los libros que en el mundo han sido y serán, por fin, en cualquier orden".
Vicente Luis Mora
"Terminaría, quizá, escondiéndome de la gente. Huyendo del dolor de tener que despedir a los seres queridos. Recluido a ser posible en un cabaña apartada del mundo. Con tiempo por fin para leer todos los libros que tengo pendientes y viviendo tranquilamente mi soledad hasta el fin de la eternidad. Por otra parte, tendría que aprender a cultivar la tierra porque no creo que me pagaran la pensión de jubilación durante tanto tiempo ¿no?"
Miguel Sanfeliu
"Yo no quiero ser inmortal y no sé lo que haría pero sí lo que no haría: No tendría hijos porque no soportaría sobrevivirles".
Ángeles Escudero
"¿Sería inmortal yo sola o disfrutaría junto con otros de la inmortalidad? ¿Y en qué punto de la vida me detendría? ¿Seguiría envejeciendo o me mantendría igual? Si no conozco la respuesta a esos interrogantes no puedo imaginar qué demonios haría."
Mercedes Abad
"En vista de mi incurable materialismo, del lamentable estado en que están dejando la seguridad social y recordando los problemas del fantasma de Canterville con las cadenas, yo me haría un buen seguro médico que me resolviera todos los achaques que el cuerpo acumula con la inmortalidad: pudrición de la dentadura, piorreas varias, hemorroides, seborrea capilar, uñas clavadas en los dedos de los pies, flebitis, problemas articulatorios, lunares malignos, eritemas, varices, insomnio, cefaleas, lumbagos, ardor de estómago, regugitaciones biliares, lagunas en la memoria, halitosis, cataratas ... O contratar a un asesino a sueldo para acabar con el martirio, ¿no?"
Marta Sanz
"Después de haber aprendido a pintar, tocar algún instrumento, hacer calceta... Después de haberlo aprendido todo, probado todo tipo de vicios y haberme dado a la buena vida, entonces... Entonces haría todo lo posible por volver a ser mortal. Buscaría la muerte para dar sentido a mi vida."
Susana Vallejo
"La verdad es que la posibilidad de ser inmortal supondría una putada, casi tan grande como que existiera el más allá. Menudo aburrimiento…
Yo me volvería malo malísimo. Seguro. Cuando uno sobrevive a su tiempo, a su entorno (¡¡a sus hijos…!!) sin poder hacer nada por evitarlo debe volverse un demonio. Entonces ¿los demonios son inmortales, o los inmortales son demonios?"
Roberto Aliaga
"Viviría para siempre"
Iolanda Batallé
martes, 4 de mayo de 2010
lunes, 3 de mayo de 2010
And the winner is...
Berta, que votó por Kurama de la serie Yuyu hakusho porque, además de guapo, es listo y caballero.
Cucaracha en su guarida, que votó por Astaroth de Dos velas para el diablo, novela de Laura Gallego, porque es capaz de tomar decisiones sabias más allá de sus intereses.
Laura, que prefiere a Jakabok o señor B. del libro Demonio de libro, de Clive Barker, porque es de todo menos bello y amable.
Cucaracha en su guarida, que votó por Astaroth de Dos velas para el diablo, novela de Laura Gallego, porque es capaz de tomar decisiones sabias más allá de sus intereses.
Laura, que prefiere a Jakabok o señor B. del libro Demonio de libro, de Clive Barker, porque es de todo menos bello y amable.
¡Enhorabuena a los tres!
Para recibir vuestro libro firmado por Care Santos
sólo tenéis que escribir al siguiente e-mail indicando vuestra dirección:
sescribe@yahoo.es
Os llegará en unos pocos días.
Para recibir vuestro libro firmado por Care Santos
sólo tenéis que escribir al siguiente e-mail indicando vuestra dirección:
sescribe@yahoo.es
Os llegará en unos pocos días.
domingo, 2 de mayo de 2010
El secreto de Eblus
—Cuando se tienen cuatro mil setecientos diez años es difícil tener la oportunidad de conocer cosas nuevas. Es lo peor que tiene vivir tanto tiempo, antes o después te das cuenta de que todo son repeticiones interminables de lo mismo. Pierdes curiosidad por todo. En realidad, no hay nada nuevo, ¿comprendes? Nunca.
Natalia me miraba sin parpadear.
—Pues bien. Quiero que sepas, mi querida niña, que lo que voy a decir a continuación incluso a mí me desconcierta: me ha ocurrido algo inaudito, de lo que nada sabía, que no esperaba, y que me ha agarrado por sorpresa. Por primera vez en una infinidad de tiempo, no reconozco lo que me ocurre. Nunca antes había experimentado nada parecido. Por un lado, disfruto con la novedad, y por otro, dudo si se debe a un desliz, a un error por mi parte. Sólo sé que me siento mejor que nunca y que la euforia me arma con la fuerza de un titán. Soy insignificante a los ojos de los superiores, pero jamás me había sentido tan fuerte. Y mi fuerza nace dentro de mí, en mi pecho, en el estómago, qué sé yo, en lo más profundo del ser depravado que siempre he sido. Y todo esto te lo debo a ti, Natalia, y sólo a ti.
Adiviné por el modo en que me miraba que deseaba saber qué extraño fenómeno estaba sufriendo. Me apresuré a contárselo, eligiendo las palabras con cautela, para no asustarla demasiado. Pero como no se me ocurría nada elocuente que decir, tomé prestada una cita de un diablo amigo mío:
—El más dulce de los sentimientos embriaga un corazón que nunca había sentido nada —dije.
Mi amigo vivió en el siglo XVIII. Tal vez ése fuera el problema. Natalia no me comprendió. Siguió mirándome sin decir ni media palabra, esperando a que yo continuara. Lo hice, de un modo más comprensible.
—Me he enamorado, Natalia. No tengo mucha práctica en sentir estas cosas y mucho menos en decirlas, de modo que todo esto es muy incómodo para mí. El amor embriaga pero también debilita, y yo no soporto sentir esta flojera general. ¿Me sigues, querida?
Comprendí que no, y pensé que sería mejor hablar más claro todavía. Necesitaba que lo supiera.
—Te amo, niña mía. Haría lo que fuera por ti. Te daría incluso lo que no poseo.
Natalia me miraba sin parpadear.
—Pues bien. Quiero que sepas, mi querida niña, que lo que voy a decir a continuación incluso a mí me desconcierta: me ha ocurrido algo inaudito, de lo que nada sabía, que no esperaba, y que me ha agarrado por sorpresa. Por primera vez en una infinidad de tiempo, no reconozco lo que me ocurre. Nunca antes había experimentado nada parecido. Por un lado, disfruto con la novedad, y por otro, dudo si se debe a un desliz, a un error por mi parte. Sólo sé que me siento mejor que nunca y que la euforia me arma con la fuerza de un titán. Soy insignificante a los ojos de los superiores, pero jamás me había sentido tan fuerte. Y mi fuerza nace dentro de mí, en mi pecho, en el estómago, qué sé yo, en lo más profundo del ser depravado que siempre he sido. Y todo esto te lo debo a ti, Natalia, y sólo a ti.
Adiviné por el modo en que me miraba que deseaba saber qué extraño fenómeno estaba sufriendo. Me apresuré a contárselo, eligiendo las palabras con cautela, para no asustarla demasiado. Pero como no se me ocurría nada elocuente que decir, tomé prestada una cita de un diablo amigo mío:
—El más dulce de los sentimientos embriaga un corazón que nunca había sentido nada —dije.
Mi amigo vivió en el siglo XVIII. Tal vez ése fuera el problema. Natalia no me comprendió. Siguió mirándome sin decir ni media palabra, esperando a que yo continuara. Lo hice, de un modo más comprensible.
—Me he enamorado, Natalia. No tengo mucha práctica en sentir estas cosas y mucho menos en decirlas, de modo que todo esto es muy incómodo para mí. El amor embriaga pero también debilita, y yo no soporto sentir esta flojera general. ¿Me sigues, querida?
Comprendí que no, y pensé que sería mejor hablar más claro todavía. Necesitaba que lo supiera.
—Te amo, niña mía. Haría lo que fuera por ti. Te daría incluso lo que no poseo.
sábado, 1 de mayo de 2010
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